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Memorial de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia

Niños de la esperanza


En la primera lectura del Génesis (Génesis 3:9-15, 20), nos encontramos con la fragilidad de la humanidad: el miedo, la culpa y la separación. Adán se esconde, Eva intenta explicarse y la serpiente engaña. Sin embargo, incluso en este momento de pecado, Dios no abandona a su pueblo. Al contrario, les promete esperanza: una futura victoria sobre el mal.

En el Evangelio de Juan (Juan 19:25-34), esa promesa comienza a cumplirse al pie de la Cruz. Jesús, incluso en su sufrimiento, crea una nueva familia. Encomienda a su madre al discípulo amado y, a través de él, a todos nosotros. María se convierte en nuestra Madre, y nosotros nos convertimos en hijos unidos no por lazos de sangre, sino por la fe y el amor.

Para nuestra comunidad parroquial, esto es un poderoso recordatorio. No nos definen nuestros fracasos ni nuestras divisiones, sino la gracia que nos une. Al igual que los apóstoles que se reunieron en oración con María, estamos llamados a ser un pueblo de unidad, esperanza y confianza en Dios.

Vivamos como hijos de la esperanza, apartándonos del miedo y la culpa y abrazando nuestro llamado a amarnos unos a otros como Cristo nos ama.

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 25 de mayo de 2026


Memoria de San Felipe Neri, Sacerdote

Llamados a la santidad con alegría


Las lecturas de hoy nos invitan a adentrarnos en el corazón de la santidad cristiana, una santidad arraigada no en el miedo ni en el perfeccionismo, sino en la gracia, la gratitud y la entrega gozosa.

San Pedro (1 Pedro 1:10-16) nos recuerda que los profetas «escudriñaron e investigaron» el misterio de la salvación, un misterio que ahora se nos revela en Cristo. Como dice el documento, «los profetas… no se servían a sí mismos, sino a vosotros», un poderoso recordatorio de que la fe es siempre un don que se transmite, nunca una posesión que se gana.

Pedro nos invita claramente: «Preparad vuestro corazón… poned vuestra esperanza completamente en la gracia… sed santos porque yo soy santo». La santidad comienza en la mente y se manifiesta en la conducta. No se trata de ser perfectos, sino de estar disponibles para Dios.

En el Evangelio (Marcos 10:28-31), Pedro habla con sinceridad: «Lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús responde con una promesa rebosante de generosidad: quienes se entregan al Evangelio recibirán «cien veces más… con persecuciones… y vida eterna».

Esta es la paradoja del discipulado: cuando le damos todo a Dios, Él nos da más de lo que imaginábamos, aunque no sin desafíos.

En esta memoria de San Felipe Neri, el alegre sacerdote de Roma, recordamos a un santo que vivió la santidad con contagioso humor, humildad y amor por los pobres. Su vida nos enseña que la santidad no es pesada, sino radiante.

La santidad es alegría. La santidad es libertad. La santidad es amor vivido con generosidad. Señor, por el ejemplo de San Felipe Neri, enséñanos a buscar la santidad con alegría, a seguirte con confianza y a amar a los demás con un corazón generoso.

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 26 de mayo de 2026


Miércoles de la octava semana del tiempo ordinario

Rescatados para servir


Las lecturas de hoy nos recuerdan nuestra verdadera identidad y misión como discípulos de Cristo.

En la Primera Carta de Pedro (1 Pedro 1:18-25), leemos que fuimos redimidos… no con plata ni oro, sino con la preciosa sangre de Cristo. Esto significa que nuestras vidas tienen un gran valor a los ojos de Dios. Nuestra salvación tuvo un precio: el amoroso sacrificio de Jesús, para que pudiéramos nacer de nuevo y vivir conforme a la verdad de Dios. Debido a este gran don, Pedro nos llama a amarnos intensamente unos a otros con un corazón puro. El amor genuino no es superficial; brota de una vida transformada, arraigada en la Palabra de Dios, que «permanece para siempre». Nuestra fe no es temporal ni pasajera como la hierba, sino duradera y viva.

En el Evangelio (Marcos 10:32-45), Jesús enseña en qué consiste la verdadera grandeza. Mientras Santiago y Juan buscan posiciones de honor, Jesús reorienta su comprensión: la grandeza no reside en el poder, sino en el servicio. Él dice: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor». Jesús mismo da el ejemplo perfecto: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos». Esto se relaciona directamente con el mensaje de Pedro: nuestro rescate nos llama a una vida de amor humilde y sacrificial.

Como comunidad parroquial, estamos invitados a reflexionar sobre: ¿Buscamos reconocimiento o buscamos servir? ¿Reflejan nuestras acciones el amor que hemos recibido? ¿Vivimos como personas verdaderamente redimidas por Cristo?

Pidamos la gracia de seguir a Jesús no solo con palabras, sino también con una vida de servicio, humildad y amor. San Agustín de Canterbury, ruega por nosotros.

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 27 de mayo de 2026


Jueves de la octava semana del tiempo ordinario

Señor, quiero ver - Piedras vivas en el camino


Las lecturas de hoy nos invitan a redescubrir quiénes somos y a pedirle a Dios la visión que necesitamos para vivir esa identidad.

San Pedro (1 Pedro 2:2-5, 9-12) nos recuerda: «Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio… pueblo adquirido por Dios». Esta identidad no es algo que ganamos, sino un don. Dios nos edifica como una «casa espiritual», moldeándonos como piedras vivas. Nuestra misión es sencilla y hermosa: proclamar a Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Pero para vivir como pueblo de Dios, necesitamos la claridad que solo la fe puede brindar.

Por eso, Bartimeo, en el Evangelio (Marcos 10:46-52), se convierte en nuestro maestro hoy. Aunque ciego, ve con mayor claridad que la multitud. Reconoce a Jesús como el Hijo de David y clama con valentía: «Jesús, ten piedad de mí». Cuando Jesús le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?», Bartimeo responde con la oración más sincera que un discípulo puede hacer: «Maestro, quiero ver».

Esta es la oración que necesitamos hoy: ver la voluntad de Dios, reconocer nuestra dignidad, ver a los demás con compasión, contemplar el camino que lleva a la santidad. Y una vez que Bartimeo recupera la vista, sigue a Jesús «en el camino». La verdadera visión siempre conduce al discipulado.

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 28 de mayo de 2026

Viernes de la octava semana del tiempo ordinario

Una casa de oración, una vida de frutos


Las lecturas de hoy nos invitan a examinar dos dimensiones esenciales de la vida cristiana: el fruto que damos y la casa que construimos.

En la primera lectura (1 Pedro 4:7-13), Pedro nos recuerda que «el fin de todas las cosas está cerca» y, por lo tanto, debemos ser serios, prudentes, orantes, amorosos y generosos. Nos exhorta a usar nuestros dones para servirnos unos a otros, «como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios». Este es un poderoso recordatorio de que la santidad no es abstracta, sino que se vive en actos concretos de amor, hospitalidad, perdón y servicio.

En el Evangelio (Marcos 11:11-26), Jesús maldice la higuera y purifica el Templo. Estas dos acciones están relacionadas. La higuera tenía hojas —signos de vida— pero no fruto. El Templo tenía actividad —ruido, comercio, movimiento— pero carecía del espíritu de la adoración. Ambos estaban llenos por fuera, pero vacíos por dentro. Jesús nos enseña que Dios desea autenticidad, no apariencias. Una vida que parece religiosa pero no da fruto es como la higuera estéril. Una iglesia llena de actividad pero carente de oración y justicia se convierte en una «cueva de ladrones». Entonces Jesús nos da la clave para la verdadera fecundidad: fe, oración y perdón. «Todo lo que pidan en oración, créanlo… y perdonen a quien les haya ofendido».

La fe abre la puerta al poder de Dios. El perdón abre el corazón a la misericordia de Dios. La oración nos alinea con la voluntad de Dios. Hoy el Señor nos pregunta: ¿Damos fruto o solo mostramos hojas? ¿Es nuestro corazón una casa de oración o un lugar de distracción? ¿Servimos con los dones que Dios nos ha dado? ¿Perdonamos como hemos sido perdonados?

Pidamos al Señor que purifique nuestros corazones como purificó el Templo, para que nuestras vidas den frutos que perduren. San Pablo VI, Papa, ruega por nosotros.

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 29 de mayo de 2026


Sábado de la octava semana del tiempo ordinario

Caminando en fe y verdad


En la Carta de Judas (Judas 17, 20b-25), se nos recuerda que debemos permanecer firmemente arraigados en la fe, fortaleciéndonos mediante la oración y confiando en la misericordia de Dios. El llamado no es solo personal, sino también comunitario: se nos pide que seamos compasivos con quienes sufren y que guiemos con ternura a otros de regreso a la luz. Esto nos recuerda que la fe no es estática; es viva y se expresa a través del amor y la misericordia hacia los demás.

El Salmo (Salmo 63:2, 3-4, 5-6) expresa un profundo anhelo por Dios: «Mi alma tiene sed de ti, Señor». Esta sed refleja nuestra condición humana: buscamos plenitud, sentido y paz. Solo Dios puede satisfacer verdaderamente este anhelo. Cuando centramos nuestra vida en Dios, nuestros corazones encuentran alimento espiritual, como un «banquete abundante».

En el Evangelio (Marcos 11:27-33), Jesús es cuestionado acerca de su autoridad, y en lugar de responder directamente, desafía a sus oyentes a examinar su propia comprensión de la verdad. Su vacilación muestra cómo el miedo y el orgullo pueden nublar el juicio. Jesús nos enseña que reconocer la verdad requiere humildad y apertura a Dios.

En conjunto, estas lecturas nos invitan a profundizar nuestra fe, a confiar en la presencia de Dios y a actuar con misericordia y valentía en nuestra vida diaria.


Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 30 de mayo de 2026


Solemnidad de la Santísima Trinidad

Unidos en el amor: Un llamado trinitario a la misericordia y la comunidad.


Queridos hermanos y hermanas,

Las lecturas de hoy nos invitan a adentrarnos en el misterio del amor de Dios, revelado como misericordia, unidad y salvación.

En Éxodo (Éxodo 34:4b-6, 8-9), Moisés se encuentra con un Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y rico en bondad y fidelidad. No se trata de un Dios distante ni severo, sino de uno que desea acompañar a su pueblo a pesar de sus faltas. Moisés, con valentía, le pide a Dios que permanezca con ellos, confiando en la misericordia divina incluso ante la debilidad humana.

El salmo (Daniel 3:52, 53, 54, 55, 56) continúa con este tema de alabanza, llamando a toda la creación a glorificar el santo nombre de Dios para siempre. Nos recuerda que la adoración no son solo palabras, sino una vida orientada hacia la gratitud y la reverencia.

En la carta a los Corintios (2 Corintios 13:11-13), se nos ofrece una guía práctica para vivir en comunidad: «Alégrense… anímense unos a otros… vivan en paz». La Trinidad no es solo una creencia, sino una forma de vivir. Reflejamos el amor de Dios cuando construimos unidad, nos perdonamos y permanecemos en paz.

Finalmente, el Evangelio (Juan 3:16-18) revela la profundidad del amor de Dios: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito». Jesús no fue enviado para condenar, sino para salvar. Este mensaje es fundamental para nuestra fe: Dios se acerca a nosotros con amor, ofreciendo vida y esperanza a todos los que creen.

Como comunidad parroquial, estamos llamados a encarnar este amor. Seamos misericordiosos como el Padre, unidos en el Espíritu y fieles en Cristo, para que nuestras vidas sean un testimonio vivo del amor salvador de Dios.

¡San Justino, San Marcelino y San Pedro, San Carlos Lwanga y sus compañeros, San Bonifacio y San Norberto, rueguen por nosotros!

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 31 de mayo de 2026