La Octava de Pascua

Lunes de la Octava de Pascua

Testigos del Señor Resucitado

El día de Pentecostés, Pedro se presenta ante la multitud con una valentía que solo podía provenir de Cristo resucitado y del don del Espíritu Santo. La Resurrección lo cambia todo.

En las lecturas, Pedro (Hechos 2:14, 22-33) proclama con valentía que Jesús, quien fue crucificado, ha sido resucitado por Dios y ahora vive en la gloria.

El salmo (Salmo 16:1-2a y 5, 7-8, 9-10, 11) nos recuerda nuestra confianza: “Protégeme, oh Dios; tú eres mi esperanza”.

En el Evangelio (Mateo 28:8-15), las mujeres se encuentran con Cristo resucitado y son enviadas a compartir la buena noticia, incluso frente al miedo y la duda.

Como comunidad parroquial, estamos llamados a vivir como testigos gozosos de la Resurrección, confiando en que Cristo está vivo y obra entre nosotros hoy. ¡Aleluya!

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo Oeste

Valley City, 6 de abril de 2026

Martes de la Octava de Pascua

Meditación sobre el testimonio, la conversión y la nueva vida.


En la mañana de Pascua, la Iglesia proclama la alegría del encuentro con el Señor Resucitado.

En los Hechos de los Apóstoles (Hechos 2:36-41), Pedro anuncia que Jesús crucificado es ahora Señor y Cristo, y llama a la gente a arrepentirse, bautizarse y recibir el Espíritu Santo.

En el Evangelio, la tristeza de María Magdalena se transforma en alegría cuando Jesús la llama por su nombre. Ella se convierte en la primera testigo de la Resurrección, proclamando: «¡He visto al Señor!».

En conjunto, estas lecturas nos recuerdan que la fe pascual no se trata solo de creer, sino de actuar. Al igual que la multitud en Pentecostés, estamos llamados a la conversión. Como María Magdalena, somos enviados a dar testimonio. La Resurrección transforma los corazones, restaura la esperanza y envía a personas comunes a compartir noticias extraordinarias.

Como comunidad parroquial, nos preguntamos: ¿Cómo nos llama hoy Cristo resucitado por nuestro nombre? Y habiendo encontrado la paz con Él, ¿cómo se nos envía a proclamar la nueva vida a nuestras familias, nuestros barrios y nuestro mundo?

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 7 de abril de 2026


Miércoles de la Octava de Pascua

Cristo resucitado se nos da a conocer en la fracción del pan.


La temporada de Pascua nos invita a reconocer al Señor Resucitado no solo a través de acontecimientos extraordinarios, sino también a través de corazones transformados y una visión renovada.

En la primera lectura (Hechos 3:1-10), Pedro le dice al hombre lisiado de nacimiento: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo… levántate y anda». El milagro que sigue no es solo una curación física, sino la restauración de su dignidad, alegría y alabanza. El hombre no se marcha en silencio, sino que entra al templo caminando, saltando y alabando a Dios.

En el Evangelio (Lucas 24:13-35), dos discípulos desanimados se alejan de Jerusalén hacia Emaús. Conocen las Escrituras y los acontecimientos, pero no reconocen a Jesús caminando junto a ellos. Solo cuando parte el pan se les abren los ojos. Entonces comprenden la verdad: sus corazones ardían en su interior mientras él hablaba y les explicaba las Escrituras.

En conjunto, estas lecturas revelan una verdad pascual: reconocemos a Cristo resucitado cuando le permitimos que nos eleve, que nos acompañe en nuestra confusión y que nos alimente en la mesa. Al igual que el hombre en la puerta del templo y los discípulos en el camino, nos transformamos al encontrarnos con Jesús, no por riquezas ni poder, sino por la fe, las Escrituras y la fracción del pan. Habiendo reconocido a Jesús, somos enviados, renovados, de vuelta al mundo para proclamar: ¡El Señor ha resucitado verdaderamente!


Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 8 de abril de 2026


Jueves de la Octava de Pascua

Del temor a la paz: Testigos del Señor resucitado


Las lecturas de hoy nos reafirman que Jesús nos recibe con paciencia, paz y comprensión.

En el Evangelio (Lucas 24:35-48), los discípulos no se muestran valientes ni seguros cuando Jesús aparece. Tienen miedo. Están inseguros. Sin embargo, Jesús no los reprende. En cambio, se acerca, los saluda con paz y los tranquiliza con dulzura: «Soy yo mismo. No tengan miedo». ¡Qué reconfortante es esto para nosotros! Muchas veces, también nos acercamos a la oración con miedos, dudas o preguntas. Al igual que los discípulos, podemos creer y aun así tener dificultades. Jesús lo sabe. Nos encuentra donde estamos. Nos invita a tocar sus heridas, a ver que es real, vivo y presente. Incluso comparte comida con ellos, demostrando que está verdaderamente con ellos en la vida cotidiana.

En la primera lectura (Hechos 3:11-26), Pedro recuerda a la gente que la sanación y la nueva vida provienen de Dios, no del poder humano. Y cuando habla del pecado y los errores, lo hace con compasión. Reconoce que a menudo las personas actúan por ignorancia o miedo. Aun así, el mensaje de Pedro está lleno de esperanza: Dios nunca se da por vencido con nosotros. El arrepentimiento no se trata de vergüenza, sino de empezar de nuevo, de permitir que Dios renueve nuestros corazones y nuestras vidas.

El Salmo nos recuerda con ternura que Dios nos valora profundamente. No somos insignificantes ni olvidados. Dios nos creó con esmero, nos dotó de dignidad y nos confió su creación. Incluso cuando nos sentimos débiles o indignos, Dios nos mira con amor.

Al final del Evangelio, Jesús llama testigos a sus discípulos, no porque sean perfectos, sino porque han experimentado su misericordia. Hoy nos llama de la misma manera. Damos testimonio de Cristo no solo con palabras, sino con nuestra vida: a través de la bondad, el perdón, la paciencia y la fidelidad.

Que hoy podamos escuchar a Jesús infundir paz en nuestros corazones, y que al partir sepamos que nunca estamos solos. El Señor Resucitado camina con nosotros.

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 9 de abril de 2026


Viernes de la Octava de Pascua

Encontrarse con el Señor Resucitado para continuar la misión


En las lecturas de hoy, un mensaje resuena con fuerza: el Señor resucitado está presente y es poderoso, incluso cuando no lo reconocemos de inmediato.

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 4:1-12), Pedro proclama con valentía que la curación del paralítico se produjo en el nombre de Jesucristo. Este mismo Pedro, que antes había negado a Jesús por temor, ahora habla con coraje ante las autoridades religiosas. Su transformación nos recuerda que la Resurrección no solo cambia las circunstancias, sino también los corazones. No hay salvación en ningún otro nombre, porque solo Jesús vence a la muerte y da la vida verdadera.

El Evangelio (Juan 21:1-14) muestra a los discípulos volviendo a la vida cotidiana: van a pescar. Trabajan toda la noche y no pescan nada. ¡Qué familiar nos resulta! Muchas veces, a pesar de nuestros esfuerzos, nos sentimos vacíos o fracasados. Sin embargo, al amanecer, Jesús está en la orilla. Está cerca, pero no lo reconocen. Solo cuando confían en su palabra y vuelven a echar la red, aparece la abundancia. La obediencia y la confianza nos abren los ojos a la presencia del Señor.

Finalmente, Jesús los invita a comer. No los reprende por sus dudas ni por su ausencia. En cambio, les prepara el desayuno. Este sencillo gesto revela una profunda verdad: Cristo resucitado nos acompaña en los momentos cotidianos, nos nutre y nos fortalece para nuestra misión.

Como comunidad parroquial, estamos llamados a dar testimonio con valentía, como Pedro; a confiar como los pescadores; y a congregarnos en torno al Señor, que nos alimenta con amor. Este es el día que el Señor ha hecho: ¡alegrémonos y gocémonos!

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 10 de abril de 2026


Sábado de la Octava de Pascua

Enviados para contar con valentía lo que hemos visto y oído.


Las lecturas de hoy hablan con fuerza sobre el coraje que nace del encuentro.

Pedro y Juan (Hechos 4:13-21) se presentan ante las autoridades no como eruditos ni teólogos expertos, sino como testigos. Lo que asombra al Sanedrín no es su formación académica, sino su valentía, un coraje claramente arraigado en su comunión con Jesús. Incluso bajo amenaza, no pueden permanecer callados: «Nos es imposible no hablar de lo que hemos visto y oído». Su fe no es abstracta; es personal, vivida e innegable.

El Evangelio (Marcos 16:9-15) refleja esta urgencia. Jesús resucitado envía a sus seguidores al mundo, a pesar de sus dudas y su falta de fe inicial. No espera una fe perfecta, sino que confía la misión a personas reales: «Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda criatura». La resurrección transforma el miedo en propósito y la incredulidad en misión.

El Salmo 118 (Salmo 118:1 y 14-15ab, 16-18, 19-21) se convierte en nuestra respuesta en oración. Dios es nuestra fuerza y valentía; Dios abre las puertas de la justicia y la vida. La gratitud nace de recordar lo que Dios ha hecho y sigue haciendo en nuestras vidas. No proclamamos el Evangelio solos. Hablamos porque Dios ya ha actuado.

Como comunidad parroquial, estamos invitados a reflexionar: ¿Dónde nos ha encontrado Cristo? ¿Cómo nos ha respondido Dios? Nuestro testimonio quizás no sea elocuente, pero, como el de Pedro y Juan, puede ser sincero. Y hoy, eso es más que suficiente.

 

Padre Sébastien SASA, PhD, MPA

Párroco de la Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo

West Valley City, 11 de abril de 2026